CASPE, PORQUE ES DE TODOS. ¡CUÍDALO!

 

Caspe, porque es de todos. ¡CUÍDALO! Díptico informativo

Población educada y ciudades y pueblos cuidados


JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN/TALLER DE SOCIOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE CANTABRIA

Publicado en El Diario Montañés

Uno. Hace unas semanas, a eso de las 4 de la mañana, algún descerebrado rompió el cristal de la puerta de un edificio del centro Santander. Al día siguiente, el comentario del cristalero fue más o menos en los siguientes términos: «Todos los lunes tenemos varias llamadas de gente a la que en el fin de semana le han roto los cristales».

Dos. Algunos salvajes se han dedicado a romper los bancos de una calle. Les cuento: hace dos meses llamé al Ayuntamiento para solicitar que pusieran más bancos en esa calle; argumenté que en esa zona vive mucha gente mayor y que la existencia de más bancos les facilitaría el paseo; pues bien, al cabo de unos 15 días unos operarios estaban colocando bancos nuevos. Desgraciadamente, por culpa de los trogloditas no han durado ni un mes en buen estado.

Tres. El último domingo, a eso de las 10 de la mañana, observé que los alrededores de una zona donde se concentran varios bares estaban en un estado lamentable. Se lo pueden imaginar: vasos, restos de comida y ese olor característico… ¡Que se aguanten los vecinos!

Cuatro. Hay quienes poseídos por un movimiento compulsivo se dedican a pintarlo todo: el banco, la señal de tráfico, cualquier pared, y también los monumentos. Y, qué pena, no escriben declaraciones de amor, ni tampoco proclamas revolucionarias.

Cinco. Junto a nosotros también hay mucha gente guarra. Se les identifica fácilmente porque, sin ningún rubor, van dejando su rastro: abren la ventanilla del coche para tirar el cigarro; se levantan del banco y dejan el suelo lleno de restos de pipas, tiran el chicle al suelo

Seis. Bolsas y envoltorios de todo tipo se encuentran en los parajes más hermosos. Las bolsas de Lupa y de Carrefour nos invaden.

Si mis observaciones son correctas, si esos actos de falta de civismo ocurren con frecuencia en muchas de nuestras ciudades y pueblos, quizá merezca la pena preguntarse por qué ocurren y cómo tratar de evitarlos. Obviamente, explicar el fenómeno que nos ocupa no es sencillo: la casuística es muy variada y, como casi siempre, generalizar es caer en la simplificación y en el error. A pesar de esa traba, intentaré dar algunos argumentos.

¿Qué puede pasar por la mente del individuo que se dedicó a romper los bancos? Don Quijote confundió a los molinos con gigantes y embistió con su lanza, ¿habrá tenido una alucinación semejante nuestro protagonista? ¿El que se peleó con el cristal, le pasaría lo mismo que a Alonso Quijano cuando se enfrentó con un rebaño de ovejas confundiéndolo con el escuadrón del rey pagano Alifanfarón de la Trapobana? Sospecho que no, me da en la nariz que su imaginación es más limitada y que sus valores se alejan bastante de los del caballero.

Muchas hazañas como las descritas las llevan a cabo jóvenes, con poco cerebro, borrachos y en grupo. Con el alcohol se desinhiben y pierden el control, y en el grupo encuentran el apoyo, la seguridad y un público que aplaude sus gracias. Sí, también nosotros hemos sido jóvenes y en alguna ocasión hemos hecho tonterías, es natural. Pretender que todos los jóvenes jueguen al baloncesto, pertenezcan a una ONG y ayuden a los ancianos en su tiempo libre es mucho pedir. Además, por definición, en algún momento al joven le gusta enfrentarse a la norma de los adultos y llamar la atención para autoafirmarse. Algunos “ritos de paso” y cierto descontrol son positivos, pero hasta para hacer una gamberrada hay que tener estilo, y romper los bancos no creo que se pueda poner como ejemplo de algo ingenioso y divertido y sí como una falta de neuronas.

Detrás del acto vandálico también se puede encontrar la insatisfacción. Romper una farola puede ser una forma de expresar la rabia, la impotencia. En ocasiones, sin saberlo, se busca la catarsis. Con ese destrozo algunos, quizá de forma simbólica, están golpeando a una realidad personal y social que oprime y que resulta insatisfactoria. Sí, la frustración, puede llevar a la violencia. De acuerdo, pero todos deberíamos aprender a encauzar el malestar y la rebeldía de otro modo.

De los graffitis habría mucho que hablar. Reconozco que un graffitero como “Muelle” era original, demostraba osadía y creó estilo. También sé ver rasgos artísticos en algunos murales y, por tanto, comprendo, que algunos de estos dibujos acaben ingresando en los museos de arte contemporáneo. Pero, en mi opinión, en la inmensa mayoría de los casos la pintada únicamente ensucia y deteriora el entorno. Algunos psicólogos han dicho que el graffiti es una muestra de narcisismo, de la necesidad de decir: «yo he estado aquí», «yo existo». Seguramente los expertos tienen razón, pero quizá no sea superfluo apuntar otro argumento: hay jóvenes que se aburren y que no se les ocurre hacer otra cosa para entretenerse.

¿Qué hacer ante los actos incívicos? En términos generales, hay dos respuestas: el argumento o el palo, la educación o la represión. Desgraciadamente es más sencilla aplicar la segunda, de ahí las ordenanzas municipales de civismo. Mal vamos si la única forma de lograr que nuestro entorno esté cuidado es que detrás de cada individuo esté vigilando un barrendero y un policía.

En la exposición de motivos de la ‘Ordenanza municipal sobre protección de la conducta ciudadana y prevención de actuaciones antisociales’ del Ayuntamiento de Santander se indica: «No obstante el carácter y el talante cívicos de los santanderinos, por parte de individuos y colectivos minoritarios, en nuestra ciudad se manifiestan actitudes irresponsables con el medio urbano y con el resto de los conciudadanos que alteran la convivencia». Más adelante, se destaca que la ordenanza pretende ser “un instrumento de disuasión para los individuos o grupos infractores y un llamamiento a la responsabilidad y al ejercicio del civismo”. Es muy clarificador que en el articulado se recuerde que «Los ciudadanos tienen la obligación de respetar la convivencia y tranquilidad ciudadanas» y, también, que «Están obligados a usar los bienes y servicios conforme a su uso y destino». ¿No es algo elemental? ¿No es triste que desde la institución nos tengan que recordar que debemos comportarnos de forma civilizada? ¿No es para llorar que haya que amenazar con castigos?

Leo en un periódico: «El Ayuntamiento de Madrid emplea seis millones de euros al año en limpiar los graffitis». Y en otro dice: «Vilanova instalará cámaras de video para vigilar las calles durante el fin de semana». ¿No es como para preocuparse? ¿Estamos en una sociedad desarrollada?

Les aseguro que, en términos globales, las instituciones y personas que reprimen y que recurren al castigo me resultan especialmente desagradables, pero debo de admitir que en ocasiones es necesario recurrir a fórmulas punitivas cuando algunos no atienden a razones y tienen un comportamiento que atenta al derecho de los demás. Por convicción, y por dedicación, soy partidario de las acciones educativas. En este sentido, sostengo que las instituciones formativas, con la familia y la escuela a la cabeza (en mi opinión la responsabilidad es mucho más de los padres que de los maestros), deben hacer el máximo esfuerzo para transmitir a las nuevas generaciones, y en general a todos, las normas de convivencia, no vaya a ser que en el futuro tengamos a unos magníficos técnicos, pero que sólo sepan comportarse de forma zafia.

En el libro ‘Cien años de urbanidad’ (1991), A. de Miguel demuestra que casi todos los manuales de buena educación y urbanidad publicados en España pretendían «convertir para la civilización a las mesnadas de juveniles bárbaros»; también indica que «son muchas las personas adultas que se alejan en sus comportamientos de los deseos que se les transmitió en los textos». Como es sabido, muchas de las normas de esos libros pretendían servir de sostén a una sociedad tremendamente clasista; también muchos preceptos abogaban por la sumisión al poder, mataban la espontaneidad y sacralizaban el ritual. Subrayado lo anterior, hay que admitir que en las cartillas aludidas se encontraban indicaciones llenas de sentido y cuyo único propósito era mejorar la convivencia. No, no estoy diciendo que en la escuela se estudie ‘El niño bien educado’ de G. M. Bruño, pero sí que es necesario que todos adquiramos unas normas de educación para que la convivencia no sea ingrata. Una cosa es no seguir las directrices decimonónicas del burgués encorsetado que inclinaba la cabeza ante la autoridad y otra ser un troglodita egoísta. Obviamente, las normas deben responder a los valores de la sociedad democrática y, por tanto, presididas, por la libertad, la igualdad, la solidaridad y la responsabilidad. Sí, estoy de acuerdo con la asignatura ‘Educación para la ciudadanía’.

La transmisión de un código de convivencia debe ser un compromiso del conjunto de la sociedad. Así, en primer lugar, la familia debe ser una escuela de educación cívica. Por otro lado, hay que construir la ‘ciudad educativa’; es decir, un conjunto de instalaciones, recursos y actividades que, de forma coordinada, desde distintos ámbitos: los museos, las bibliotecas, los medios de comunicación, los servicios sociales, los sanitarios, etc. contribuyan, junto con la escuela, a transmitir a la población valores y pautas de comportamiento que favorezcan la convivencia, la integración social y el desarrollo personal y comunitario.

Sería muy beneficioso para la convivencia que todo el mundo interiorizase que un banco de la calle, una pared, un monumento, y cualquier mobiliario urbano, son objetos ‘sagrados’, porque son de todos. No sólo nos cuestan dinero sino que, sobre todo, su conservación habla de nosotros. El cuidado o abandono de nuestras ciudades, pueblos y entornos naturales refleja cómo es y qué valores tiene la población. El desarrollo y la cultura de un grupo humano se manifiesta en cómo cuida su calle, su plaza, su monte. La bolsa del supermercado tirada en mitad de la calle, la farola rota y un individuo orinando en un portal transmite una imagen de la ciudad que no es precisamente atractiva, ni para el vecino ni para el foráneo. A cualquiera que tenga un poco de sensibilidad le hace daño la aberración del edificio de apartamentos levantado en las dunas de la playa, la construcción de unos adosados junto a la ría, y que la ambición de unos y la irresponsabilidad acaben con los espacios verdes. La suciedad transmite la sensación de abandono, de despreocupación, de falta de orden, de incultura. Pero, además, produce malestar social y la convivencia se deteriora. La agresión a la propiedad privada y pública, el ataque al descanso, el ruido, provoca conflicto social. Cuidando lo común, mostramos el respeto a la comunidad. Rompiendo el banco, se hace daño al vecino, al anciano que vive junto a ti, a los propios abuelos.

Un indicador del nivel de desarrollo de una sociedad se obtiene comprobando cómo cuida su entorno, cómo se mantienen los equipamientos públicos. Y, por supuesto, ese cuidado no sólo se logra con dinero, con barrenderos, papeleras y con máquinas para limpiar las playas. Los responsables de las instituciones pueden y deben hacer mucho para que las calles, plazas, playas, ríos y montes estén bien conservados, pero si los ciudadanos no nos comprometemos con ese cuidado y no exigimos a las autoridades que velen por ello, el resultado será poco fructífero. ¿Qué hacer ante los actos incívicos? En términos generales hay dos respuestas: el argumento o el palo, la educación o la represión. Desgraciadamente es más sencilla de aplicar la segunda, de ahí las ordenanzas municipales de civismo

 

 

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